CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

Abrí los ojos de golpe. Antonio estaba de pie al borde de mi catre; la tensión irradiaba de sus anchos hombros.

—¿Antonio? —susurro, con el miedo apoderándose de mí—. ¿Es Milo? ¿Pasó algo?

Se pasa una mano por el pelo despeinado. —Sí y no. Aziel llamó. Tenemos que volver inmediatamente. Se trata de Milo.

—¿Por qué demonios no empezaste con eso? —Me quito la manta y salgo a toda prisa del catre, agarrando mis zapatos. Corro hacia la puerta de la tienda, pero me detengo al darme cuenta de que Antonio no se ha movido.

—¿Por qué no vienes? —pregunto.

—Mírate —dice sua

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