Aishara estaba de pie junto a la ventana entreabierta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido mientras que observaba a Alexia.
—No lo hagas, Alexia —dijo con voz baja—. No así.
Alexia ni siquiera levantó la mirada.
Estaba arrodillada en el centro del triángulo de velas, sus manos estaban temblorosa sintiendo su poder fluir por sus venas cada vez más rápido concentrándose en la yema de sus dedos.
—Tengo que hacerlo —respondió sin emoción aparente aunque su voz salió más ronca de lo