Recordé que seguía teniendo la taza en mis manos y decidí dejarla a un lado del mesón antes que terminara partiéndola.
Me sentía desubicada al no saber cómo responderle a Alejandro. Estaba excitado y debíamos irnos al trabajo, pero él estaba empeñado en tener sexo conmigo y ya sabía que mi punto débil era la parte baja del cuello y… yo comenzaba a excitarme también.
—Alejandro, que no… —lo aparté poniendo mis manos en su pecho.
Él retrocedió medio paso y puso los ojos en blanco.
—¿Por qué no? —