El amanecer en la Casa de Cristal no llegaba con suavidad, sino con una violencia prismática. Al no existir muros opacos, los primeros rayos del sol golpeaban los paneles de vidrio dicroico del ala este, descomponiendo la luz en lanzas de color naranja, violeta y un verde eléctrico que hería las pupilas. Clara se despertó con la sensación de estar dentro de un caleidoscopio gigante.
No había dormido más de tres horas. La palabra “Huye”, vista en el vaho del espejo la noche anterior, se había qu