La mañana del cuarto día nació con una bruma densa que se pegaba a los paneles exteriores de la casa como un sudario húmedo. Clara se encontraba frente a su mesa de dibujo, una superficie de cristal templado que parecía flotar sobre el abismo del jardín interior. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y el estudio obsesivo del diario de Sofía, se fijaban en el papel vegetal con una intensidad febril.
Había llegado el momento de cumplir con su parte del contrato: el diseño del ala oeste. Pe