Compasiva. 4
Leo se estiró con dificultad, intentando despegar las serpientes que se enroscaban con insistencia sobre sus brazos y piernas, bufó frustrado, mientras Aileen, aún medio dormida, lo observaba con una sonrisa pícara desde la cama.
— ¡Malditas serpientes! — gruñó Leo, tirando suavemente de ellas — ¡Nunca me dejan en paz! — Aileen se rio, su voz arrastrando el sueño
— Parece que se han enamorado de ti... o al menos les gustas demasiado para soltarte. — Leo arqueó una ceja, entre molesto y divertid