Una sirvienta diferente (pero igualmente aterrada) abrió la puerta de la suite y me invitó a pasar al salón. Naturalmente, hubiera debido quedarme de pie, pero los pantalones de cuero, que llevaba puestos desde el día anterior, parecían haberse pegado a mis piernas, y las sandalias de tiras, que no me habían molestado durante el vuelo, se estaban convirtiendo en cuchillas de afeitar sobre mis dedos y talones.
Decidí sentarme en el sofá, pero nada más doblar las rodillas y entrar en contacto con