La recogida de equipajes en el aeropuerto Charles De Gaulle fue una pesadilla, pero tras superar la aduana encontré a un elegante chófer que agitaba un letrero con mi nombre. En cuanto hubo cerrado la portezuela del coche, me entregó un móvil.
—El señor pidió que lo llamara en cuanto aterrizara. Me he tomado la libertad de programar el número del hotel en la memoria. Está en la suite Coco Chanel.
—Muy bien, gracias. Supongo que puedo llamar ahora —dije innecesariamente.
Aún no había pulsado el