—Buenos días, Eduardo —dije mirándole con mis entrecerrados y ojerosos ojos— Odio los putos lunes.
—Eh, levanta ese ánimo, al menos esta mañana le has ganado. —repuso con una sonrisa.
Él se refería, sin lugar a dudas, a esas horribles mañanas en que Markus aparecía a las cinco y había que acompañarlo hasta arriba porque se negaba a llevar su tarjeta de identificación. Acto seguido se paseaba por su despacho telefoneándonos a Eliza y a mí hasta que una u otra conseguía despertarse, vestirse y