GIANNA
Su exclamación me dejó tan fría como el hielo, y perdí la noción de mí misma y del mundo por unos segundos en los que deseé con firmeza que me tragara la tierra, en especial al ver cómo el muchacho que acababa de gritarme daba un paso atrás, se tapaba la boca con una mano, como abochornado de haber dicho lo que dijo, y con la otra se removía el pelo impaciente.
Sus orbes de jade, normalmente seguros o tiernos, se llenaron de una terrible complicación y, tras exhalar con fuerza, volteó h