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Las mejillas de Ariel estaban rojas por la impresión y sus ojos azules intensos y tácitos me observaron de un sobresalto. Apreté la mandíbula con fuerza casi preso de la rabia y aquel pobre imbécil tomó una postura protectora delante de ella dispuesto a darme una explicación.
Y por supuesto que yo exigía una jodida explicación.
—Señor Kahler. —Dijo y no titubeo.
—¡Te pedí una m*****a cosa Flavio! —Farfullé, sosteniéndome de mi propia ira







