Tarareaba una canción mientras me disponía a bailar el vals con una grata compañía, un caballero en todo el sentido de la palabra: Cenizas.
—Un paso, dos pasos, tres pasos —dije, mientras me movía al ritmo que yo quería, con mi peludito amigo en brazos—. Vuelta.
A esto lo llamaba, el baile del triunfo.
Por primera vez en mucho tiempo, yo no había resultado humillada. Es más, había colaborado en la humillación de otra persona. Y que esa persona haya sido una de las amigas que me despreció