Capítulo XXXIV. El contrato de una amante, con sus condiciones parte 1.
Hanna.
Ailan y yo nos miramos, a los ojos, mientras esos Alfas sobre estimulados de testosterona se retaban entre si con la mirada para ver quien era el más estúpido, si hubiera tenido ambos quince años, estarían, hora mismo, midiéndosela para ver quien la tenía más grande, completamente ridículo.
No hizo falta que la atractiva millonaria me dijera lo que pensaba, me veía a mí misma, reflejada en su expresión, y en su mirada. He gesto con mi barbilla, indicándole la puerta, que solo sonrió, y