Comencé a jalar de mi brazo izquierdo. La seda no cedió en absoluto, pegajosa y firme, pero fue suficiente para hacer que la telaraña tambaleara. Observé cómo una onda avanzaba en dirección a la mesa, pero no bastó para alcanzarla.
Retuve el aliento, reuní mis fuerzas y tiré con más fuerza.
El dolor me cruzó el brazo como un látigo cuando la red me jaloneó, pero esta vez, la mesa se movió. Solo un centímetro, pero lo suficiente como para hacer que la llama de la vela diera un brinco.
—Vamo