A la mandíbula de Gideon se le marcaron los músculos.
—Yo miraba las estrellas todas las noches. Preguntándome si estabas viva. Si estabas a salvo. Si alguna vez pensabas en mí.
—Nunca dejé de pensar en ti —admití. Mi voz salió más rasposa de lo que me habría gustado, pero se sentía bien ser honesta por una vez—. Incluso cuando te odiaba, no podía parar.
Se giró hacia mí.
—Yo nunca te odié. Ni una sola vez. Estaba enojado, sí. Furioso. Pero nunca dejé de amarte.
Las palabras quedaron susp