Maitê Moreli
Yo estaba allí, escondida tras el tejido ligero de la cortina, admirando a Hunter mientras hacía sus ejercicios. Observaba en silencio, deseando que no notara mi presencia. El entrenamiento era duro; el entrenador personal no le daba tregua. Con pantalón de tactel, descalzo y sin camiseta, Hunter corría de un lado a otro, esquivando los neumáticos dispuestos en dos filas sobre el suelo de arena.
Parecía decidido a recuperar su mejor forma lo antes posible. Quien lo viera ahora, con el rostro sudoroso y los músculos tensos, no imaginaría que, pocos días atrás, había estado en coma. Aún me resultaba difícil creer que aquel hombre que había subido borracho conmigo por las escaleras, llevándome en brazos, estuviera de vuelta a la vida con tanta intensidad.
La noche anterior había sido extraña. Algunos recuerdos me provocaban escalofríos agradables, que me recorrían las piernas como cosquillas suaves, acompañados de un impulso repentino de sonreír. Otros, sin embargo, me causa