Le entregué mi mano sin entender, mirándolo con escepticismo. Yo era la que tenía derecho a estar furiosa, no él.
— ¿Qué es peor? — Pregunté. Como era curiosa, dejé que me contara lo que tanto le estaba sacando de quicio.
Levantó el dorso de mi mano hasta sus labios, mirándome posesivo.
— Aunque haya marcado cada pedazo de tu piel y ahora lleves un abrigo que oculta tu cuerpo, aún hay malditos hijos de puta mirándote. — Dominic dijo besando nuestra alianza de boda posesivamente, mientras desvia