Si en este momento mi vida fuera una historia, sin duda sería una de terror. Y en ella no habría monstruos ficticios, sino reales, en carne y hueso, a los que les gustaba matar personas por placer o por su simple diversión sádica.
Monstruos como mi marido, mi hermano y mi padre, que ahora estaban sentados en la misma mesa de comedor que yo, comiendo una comida como si fuéramos algún tipo de familia armoniosa.
Pero yo sabía que, si no fuera por mi presencia en el comedor, Dominic y los Egorov ya