72. Ganas de matar
Dante
El interior del Range Rover huele a pólvora, a sudor frío y a la fragancia floral de Isabel, una mezcla nauseabunda que me está volviendo loco. El rugido del motor es el único sonido que compite con el martilleo de la sangre en mis oídos. Mis dedos están entumecidos alrededor de la culata de mi arma, y mis ojos, fijos en la carretera, no ven el asfalto, sino las trayectorias de las balas que acabo de disparar.
Veo la imagen repetida en bucle: los hombres de Ramírez apuntando a su espalda.