Capitulo 34

Los besos y las caricias continuaron algunos minutos más.

Alexander sostenía el rostro de Emma entre sus manos con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus labios.

Sus pulgares acariciaban suavemente sus mejillas, mientras inclinaba la cabeza para profundizar el beso. Emma se aferraba a la tela de su camisa, arrugándola sin darse cuenta.

El mundo fuera de esa habitación había dejado de existir. Solo quedaba el calor de su aliento, el latido compartido y esa sensación dulce...

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