**SARA**
El zumbido de las luces fluorescentes del pasillo me taladraba los tímpanos. La ansiedad era un veneno devorando mis entrañas, pero me obligué a permanecer erguida, rígida como una estatua de mármol. No podía quebrarme. No ahora. Cuando las puertas de doble hoja del quirófano se abrieron, intercepté al asistente médico antes de que pudiera pronunciar una palabra.
—¡Doctor! ¿Cómo está mi hijo?
El hombre de bata blanca retrocedió un paso, evaluándome con frialdad profesional.
—¿Usted es l