Cuando Brenda y Haidar se metieron en la cama esa noche, el silencio entre ellos era profundo, casi palpable. Brenda quería desesperadamente saber qué era lo que pasaba por la cabeza de su esposo. Podía sentir su tensión, como si sus pensamientos hablaran en medio del silencio. Pero si él no se liberaba, si no se atrevía a decirle lo que lo inquietaba, sabía que no había nada que ella pudiera hacer. No estaba en sus manos.
Como lo hacía siempre, Brenda se acurrucó sobre su pecho, buscando esa