Esa noche, cuando Haidar regresó a casa, lo hizo con el cansancio de un día improductivo. Había pasado horas intentando concentrarse en su trabajo, pero Brenda, con su presencia constante en su mente, lo había hecho imposible. Cada vez que cerraba los ojos, la veía: su mirada desafiante, su sonrisa tenue, el roce de su piel. Era como si ella se hubiera instalado en su cabeza sin permiso, y él no sabía cómo sacarla de allí.
El hombre se dirigió directamente a su habitación. Una vez dentro, abrió