25. INVITACIÓN
Sebastián estaba furioso. Le había encargado ese trabajo a un idiota y, como era de esperarse, lo arruinó. Le había advertido que no intentara matar a Avril, no todavía. No solo porque el momento no era el adecuado, sino porque aún necesitaba obtener el dinero que su difunto padre había dejado bajo resguardo. Ahora ese hombre había desaparecido sin dejar rastro, y Sebastián solo esperaba que su torpeza no lo metiera en problemas.
Lo peor era que ni siquiera había terminado el trabajo. No quería