El trayecto de regreso a la finca se hizo en un total silencio luego de las últimas palabras de Valeria quien se mantuvo pegada a la ventanilla, viendo pasar las luces de la ciudad como hilos borrosos de neón, mientras sus manos, ya limpias de sangre, pero aún temblorosas, se apretaban en su regazo. Al llegar, las luces apagadas le recordaban su dolor al ver a Leonid en el suelo sangrando.
“Él es el padre de mi hijo, solo quiero que viva, nada más”, se repetía como un mantra esas palabras en su