La vergüenza le oprimió el pecho.
—Señor Blackwell, señor James, señora Rogers… lo siento mucho —dijo con voz firme.
Los tres veteranos se emocionaron al ver ante ellos no a la joven tímida que una vez conocieron, sino a una líder decidida y luminosa.
El gerente de recursos humanos, nervioso, rompió el silencio:
—¿D-desea que los guardias… los expulsen?
—Por supuesto —respondió Celeste con frialdad, señalando a Caleb y Nadia.
La sala entera contuvo el aliento.
—Por la presente, como pres