Una figura imponente apareció en el umbral, y el silencio cayó de inmediato.
Todos los presentes se quedaron paralizados.
Una voz fría y firme resonó en la habitación:
—¿Quién se atreve a despedir a mi gente?
El silencio fue absoluto. Incluso los empleados que observaban desde fuera se quedaron sin palabras.
Siguiendo el origen de la voz, vieron entrar a una mujer alta, de figura elegante y perfectamente delineada, envuelta en una falda roja que resaltaba sus piernas largas y esbeltas