Celeste estaba tendida en la cama, con los ojos cerrados. El sudor había empapado su frente, haciendo que su cabello se pegara a la piel. Tenía el rostro enrojecido y los labios resecos y agrietados.
—¡Pequeña cachorra! —exclamó Samuel, corriendo hacia la cama.
Le tocó la frente. Estaba ardiendo.
—Te llevaré al hospital —dijo, envolviéndola con la colcha y preparándose para cargarla.
Celeste murmuró, con voz débil:
—No… hace frío. Estaré bien con unas pastillas…
Era obstinada, especialmen