Las lágrimas brotaron de inmediato y empaparon la mascarilla.
La furgoneta arrancó.
A través de la pequeña ventana trasera, Celeste vio cómo el coche negro de Samuel se hacía cada vez más pequeño, alejándose irremediablemente de ella.
El mundo entero pareció derrumbarse.
Cerró los ojos lentamente mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas sin control.
En ese instante lo comprendió con absoluta claridad:
No podía aceptar casarse con nadie más.
No podía vivir con nadie más.
No