Pensó que quizá el conductor del coche rojo era, en realidad, un profesional. Después de todo, aunque aquel vehículo era inferior al suyo, seguía siendo un coche lujoso.
Con esa idea, ya no había nada de qué avergonzarse. Michael mantuvo la velocidad y cruzó la meta.
—¡Eres increíble! —exclamó Bruce al bajarse del coche, con los ojos llenos de emoción—. ¡Quiero correr otra vez!
Sin embargo, su agente no se lo permitió y lo instó a marcharse.
Celeste se quitó el casco y soltó su largo cabell