Resignado, Philip lo sostuvo del brazo y lo acompañó hacia un club de clase alta justo al otro lado de la calle.
Desde el segundo piso del edificio, a través de un ventanal de cristal, un hombre joven observaba la escena. Tenía las manos en los bolsillos y las mangas de la camisa arremangadas, revelando muñecas delgadas, pálidas y tensas, que contrastaban con la serenidad de su postura.
Su aspecto era impecable: un hombre de unos veinticinco años con un rostro de rasgos afilados y ojos oscuro