—Señor Downey, por favor, tome asiento —dijo Henry, sentándose estratégicamente entre Celeste y él.
Aun así, eso no impidió que el señor Downey siguiera mirándola con descaro.
Henry frunció ligeramente el ceño y fue directo al grano:
—Señor Downey, si no está satisfecho con nuestras condiciones, podemos—
—No hablemos de negocios todavía —interrumpió el señor Downey.
Sirvió con parsimonia una copa de vino y se la ofreció a Celeste, sin apartar de ella su mirada cargada de lujuria. Aquello l