Dueña de mi sufrir.
Kateryn mantuvo la espalda recta mientras las puertas doradas del ascensor continuaban cerradas. Las palabras de Alexander habían calado hondo en su orgullo, obligándola a procesar el revuelo de emociones que traía dentro.
—No tienes por qué darme explicaciones, Alex —respondió Kateryn, forzando una voz ligera mientras se giraba hacia él—. Después de todo, eres un hombre libre.
Alexander la observó fijamente, captando el sutil matiz en su tono.
—Es verdad, soy libre —admitió él, dando un p