POV: Vivienne
El Tribunal de Familia de La Haya no era un lugar diseñado para las emociones desbordadas. Era un edificio de vidrio, acero y hormigón pulido, tan frío y aséptico como la justicia internacional que prometía impartir. El aire acondicionado zumbaba con una eficiencia silenciosa, reciclando el aire viciado por años de disputas conyugales y tragedias domésticas.
Vivienne Delacroix-Salib estaba sentada en la sala de espera privada número cuatro.
Sus manos, enfundadas en unos guantes de piel fina que se había quitado para sostener una botella de agua, descansaban cruzadas sobre su regazo. No temblaban. Ni un milímetro. Había aprendido a congelar su cuerpo mientras su mente ardía.
Llevaba un vestido azul marino de corte recto, conservador, elegante, pero con una severidad calculada. Era el uniforme de una madre respetable, de una mujer que no ha venido a pedir favores, sino a exigir derechos.
Pero en sus ojos, si alguien se atrevía a mirar lo suficientemente cerca, ardía