POV: Catalina
La puerta de la suite del Hotel Benedetti se cerró con un susurro electrónico. El sonido era caro, suave, diseñado para aislar a los huéspedes del ruido exterior.
Me quedé quieta en el recibidor, justo donde el suelo de mármol se unía a la alfombra de diseño.
El silencio que me rodeó era absoluto. Un silencio de lujo. No había gritos ahogados de Khalid a través de un muro, ni el zumbido constante del miedo a que un teléfono sonara o una cámara me grabara.
Estaba a salvo.
Y entonces, me rompí.
No fue un llanto elegante, ni un suspiro controlado. Fue un colapso físico, como un edificio al que le han quitado los puntales.
Mis piernas, que me habían sostenido con una rigidez admirable durante la interrupción de Vivienne, dejaron de funcionar. Caí de rodillas sobre el terciopelo denso de la alfombra.
Empecé a temblar.
Un temblor violento, incontrolable, que nacía en mi estómago vacío y sacudía mis dientes. Era adrenalina pura, esa droga maravillosa que me había mantenido en p