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Levy.
En cuanto el doctor se va, ordeno en la cocina que nos envíen una gran cena a la habitación de nuestros hijos, y también mando a pedir a Ezra que venga, para que celebre con nosotros.
La felicidad no cabe en mi pecho y creo que Ana está igual que yo, quien no para de reír, mientras se la pasa entre una y otra cama, besando y abrazando a nuestros hijos.
― ¡Vengan, mis pequeñines! ―les digo con entusiasmo―pronto volverán a jugar en los jardines, si todo continúa de la misma manera―les s