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Ana.
La bruma se acerca al cuerpo de todos los presentes, los pocos que nos hemos quedado atrapados en el recinto sagrado, la cual se siente ardiente en nuestra piel, como si nos estuviera marcando, y yo abrazo con fuerza a mis bebés, para que esa neblina no los toque, pero es casi que inútil mi esfuerzo.
― ¡Fuera de aquí, miserable bestia! ―escucho decir a la Sabia del concejo, quien pareciera que se hubiera quitado unos cuantos años de encima― ¡atrás, o no descansaré hasta que vuelvas del