Empezamos a cavar, sacando puñados de tierra húmeda. La tierra cedía con una facilidad inquietante, como si quien hubiera enterrado a aquella persona hubiera tenido tanta prisa que ni siquiera se hubiera molestado en compactarla después.
Habíamos cavado unos treinta centímetros cuando el chasquido de una rama quebrándose a nuestras espaldas me hizo detenerme en seco.
Me quedé inmóvil, con las manos todavía hundidas en la tierra. Mi madre giró la cabeza al mismo tiempo. Nos cruzamos la mirada y e