Cuando regresamos a la casa, Alexander acostó a Lucien. Después de lo que había pasado el día anterior, no quería interrumpir aquel momento entre padre e hijo, así que me senté en la cama mientras él arropaba a nuestro pequeño. Sonreía, pero yo podía notar la rigidez de sus hombros y la tensión en cada uno de sus movimientos. Sentí una nueva punzada en el pecho.
Ya no soportaba seguir viviendo así, con aquella tensión metida en cada rincón de nuestras vidas. Incluso nuestra habitación, que antes