Justo entonces, un estruendo proveniente del otro extremo del salón hizo que varias personas voltearan la cabeza. No alcancé a ver qué había pasado, pero el eco de una bofetada llegó hasta donde estábamos, seguido de un grito agudo:
—¡Me arruinaste el vestido!
Brian parpadeó, desconcertado por la repentina conmoción. Luego volvió la mirada hacia mí.
—Yo... yo no sería derrocado. —Maldito arrogante.
—Tal vez ya sea hora de que un verdadero líder, alguien con el carácter suficiente para ocupar el