Asentí y me recosté entre las almohadas, observando cómo Alexander sacaba su esmoquin del armario. Los párpados ya me pesaban, pero sabía que el sueño no llegaría hasta que aquella noche terminara.
—¿Recuerdas cada paso de nuestro plan? —preguntó Alexander.
—Claro que sí. —Me incorporé, apoyándome en los codos—. Espero que tengas razón. Espero que funcione.
—Funcionará. —Alexander me lanzó una mirada firme por encima del hombro—. Esta noche vamos a romper esa maldición, Ella. Antes de que ocurra