—Sophia nunca quiso hacerle daño a nadie —añadió su padre—. En el fondo es una buena chica. Tú lo sabes. Piensa en la niña con la que creciste siendo amigo...
—Dejó morir a mi esposa, John. Tuvo a nuestro hijo en brazos y dejó que su madre muriera cuando tenía todos los medios para salvarla.
Le lancé una mirada fulminante.
John apretó los labios con tanta fuerza que se oyó un pequeño chasquido. Helen, por su parte, comenzó a retorcerse las manos con aún más nerviosismo.
—Tiene razón, John —inter