Perspectiva de Ella
No pude hablar mientras levantaba la vista hacia aquellos familiares ojos verdes. Alexander olía como siempre, a su aroma habitual mezclado con sudor fresco y tierra, pero había algo más allí también: el olor metálico de la sangre seca.
“¿Estaba herido? ¿O era yo la que estaba herida?”, me pregunté.
No tuve tiempo de pensarlo mucho antes de que Liam, de pie detrás de mí y sacudiendo el heno de su camisa, dijera:
—¿Qué demonios pasó?
El rostro de Alexander, que por un instante