Entré en la habitación sin pensarlo.
—¿Por qué no puedo ir?
Los dos levantaron la mirada de inmediato. Por un instante, creí ver una pequeña sonrisa en los labios de Alexander cuando sus ojos bajaron hasta mi mano, apoyada sobre la ligera curva de mi vientre.
Últimamente me había acostumbrado a aparecer por las mañanas con el camisón y la bata puestos. Entre las náuseas y el cansancio constante, ya ni siquiera tenía energía para preocuparme por arreglarme temprano.
Gabriel arqueó una ceja.
—Porq