A altas horas de la noche, finalmente estalló todo. La señora Minerva se sentía agotada hasta el extremo y se dio la vuelta para salir de la habitación.
Detrás de ella se escuchaban gritos, voces de hombres y mujeres, acompañadas por los chillidos de Manuela. La señora Minerva caminó lentamente hacia el salón principal del patio interior. En el pasado, Isabella solía sentarse en aquella silla, presidiendo los asuntos domésticos.
Los asuntos familiares eran complicados, pero ella siempre tenía pa