Al ver a la adorable y encantadora princesita Eugenia, Isabella recordó cómo era cuando era niña: regordeta tierna y extremadamente adorable.
Ahora había adelgazado un poco, pero sus mejillas seguían guardando su estampa, lo que la hacía verse dulce y encantadora. Especialmente cuando sonreía, se formaban ligeros hoyuelos en sus mejillas, y su mirada parecía relucir su belleza , haciendo que cualquiera sintiera alegría al verla.
Isabelita sonrió y dijo:
—Si nada sale mal, seré tu cuñada.
Eugenia