El mayordomo Eduardo, quien había ya gestionado juicioso todos los menesteres de la villa del ahora difunto duque durante muchos años, era un hombre experimentado y muy hábil para interpretar las intenciones ajenas. Tras un breve momento de reflexión, dijo:
—Señorita, al menos podemos estar seguros de algo: Su Majestad no parece querer realmente que usted entre al palacio. De lo contrario, ya habría emitido un decreto para nombrarla concubina, ¿Cómo podría sumercé pues rehusarse?
—Lo sé, pero me