Muy pronto, las esperanzas de Desislava se fueron desmoronando como migas de pan.
Afuera se encendieron hogueras, y la puerta de la cabaña fue abierta de manera violenta. Una imponente figura, cargada de una inmensa presión, entró lentamente.
A pesar de que estaba de espaldas a las llamas del exterior, Desislava pudo distinguir su silueta. Sabía perfectamente quién era: Ordos, el mariscal y generalísimo del Reino del Oeste con quien había firmado el tratado en Ciudad Real.
Desislava temblaba inc