Mis padres ya preparaban la cena en la cocina. Al escuchar el sonido de la puerta, ambos salieron a recibirme.
Les saludé mientras me lancé al sofá con el sentimiento de impotencia cada vez más fuerte.
Mi madre me abrazó y me dio unas palmaditas suaves en la espalda para consolarme. Dijo:—¿Qué te ha pasado, mi hija? Dínoslo y busquemos una solución juntos.
Los brazos de mi madre eran tan cómodos que quería estar en ellos para siempre y nunca pensar en las molestias y los problemas con los que no