Hablaba sin cesar a Martín, emocionalmente, y él fijaba su mirada en mí sonriendo con ternura.
A los profesores y compañeros de la clase les di la impresión de que era una chica elegante y tranquila. Nunca podrían imaginar que podría actuar así, como una pequeña tonta mimada.
Cuando seguía contando las historias a Martín, un hombre se nos acercó.
Era Sergio. Su mirada se posó en nuestras manos entrelazadas e instintivamente, quise retirar mi mano del agarre de Martín, pero él no lo permitió apr